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16 de Mayo de
2004
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Revista
| Nota
Tema libre / María Angélica Bosco
Persistir en la sensatez
A
partir de Carlitos vigilante, recordado film de Charles Chaplin, la
autora hace una radiografía de la furia –en la que, dice, prima un
odio que oscurece el entendimiento– y propone un antídoto contra
aquellos enojos que nos esperan a la vuelta de la esquina.
Leí en La
Nacion hace ya un tiempo una de las columnas que domingo a domingo
publica mi amigo Orlando Barone, escritor talentoso y periodista
vivaz. El tema era la rabia, un mal que según O.B. aqueja en estos
momentos a los porteños (no digo a los argentinos por escrúpulo,
porque no puedo comprobar si es rabioso el talante de mis
compatriotas desde La Quiaca hasta Tierra del Fuego).
Tras su
lectura recordé a Carlitos vigilante, una de las inolvidables
películas de Charles Chaplin que vi en mi adolescencia.
En el film,
Carlitos hace de vigilante. Lo han destinado a un barrio en el que
reina Trompifai, un gigante tonto y bruto (el bruto suele ser tonto
y viceversa) de espesas cejas y cara de papar moscas.
Trompifai
maltrata a golpes a su mujer, la rubia y dulce Edna Purviance, y se
la agarra a trompadas con los vecinos por un quítame allá esas
pajas. Su estilo de vida se ha convertido en el modus vivendi del
barrio, donde faltan las sonrisas y abundan los golpes (no sé si los
denuestos, porque la película es muda).
Carlitos
contempla impávido el panorama. No le opone gestos autoritarios,
sino hechos bondadosos. No recuerdo cuántos ni cuáles; me acuerdo de
que ayuda a cruzar la calle a una anciana desvalida y que consuela a
un chico agredido sin razón (¿existe alguna razón para agredir a un
chico?).
Así van las
cosas hasta que todo se revierte. Carlitos impone su conducta sin
ejercer la fuerza, simplemente por acción de presencia.
En la
escena final, un sereno Trompifai, vestido con pulcritud, sale de su
casa llevando del brazo a su mujer, a quien cede el lado de las
casas como atento marido, y se quita el sombrero para saludar a
Carlitos, que se pasea por la calle ahora tranquila revoleando su
bastón, que nunca usó como bastón de mando. El buen juicio se ha
impuesto a la furia, los vecinos viven en paz y dejan vivir en paz
al prójimo, que a su vez se porta con decencia humana.
Furia y
sensatez
-Usted
tiene razón -me dijo hace exactamente cincuenta años el doctor
Alberto Baldrich, presidente de la Cámara Primera de Apelaciones en
los Civil, en la que yo tramitaba una de las instancias de mi juicio
de divorcio-. Pero no se enoje, porque si se enoja estará perdida.
La furia es
el escándalo del enojo; no importa el motivo, importan las
consecuencias de ceder a ella. Un furioso no tiene la mente clara,
no mide los pros y los contras de sus palabras ni de sus actos, no
sopesa las razones del ajeno comportamiento, no analiza para
neutralizarlos los motivos del enemigo. En la furia prima el odio y,
por ende, está ausente el amor.
Claro que
amar al enemigo, la propuesta de Jesús (que no ordenaba, proponía)
es una tarea ciclópea casi inconcebible, imposible en realidad aun
para los que nos llamamos cristianos; admitamos esa evidencia y
hablemos mejor de buena voluntad. La furia está gobernada por la
mala voluntad.
Carlitos
vigilante es una humorada con mensaje, como todas las humoradas de
Chaplin. Nos advierte sobre las virtudes de la paciencia. Repito una
frase que se me ocurrió una vez: el amor que subsiste es una larga
paciencia.
Carlitos se
propone instalar en el turbulento barrio su calidad de vida. No se
impone a trompadas. Para imponerse de verdad es necesario ser
paciente, persuadir con el ejemplo y apartarse hasta de la sombra de
la imitación de lo que se juzga como conducta errónea.
Se me
ocurre un ejemplo al alcance de las manos: el de los piqueteros
llamados duros, cuyas marchas nos perjudican al trabar el tránsito
por rutas y calles. ¿Qué pasaría si a esas manifestaciones les
opusiéramos autoritariamente otro piquete, enfrentándolos? Sin duda
se armaría la de San Quintín. ¿Se obtendría así algún beneficio? Lo
dudo; ambos bandos seguirían en sus trece, los unos protestando
contra la pobreza, los otros reclamando que no se coarte la libertad
de tránsito. Ambos protestantes tienen razón, pero este método de
protesta es malo y sin duda acarrearía víctimas en las dos partes en
litigio.
La
importancia de persistir
El
pontífice Juan XXIII, el Papa Bueno, alertaba a los fieles contra el
cansancio de los buenos. Sabio consejo; Juan XXIII abundaba en
ellos.
Es
previsible el cansancio de las buenas personas cuando su actuación
cae en un abismo de silencio, cuando el paisaje que las rodea se
parece a un desierto. Es lógico que al sentirse solos e inermes
pierdan la paciencia, pero si no se recuperan, y acaban por
abandonar la lucha, habrán perdido, y si se vuelven vociferantes,
¿cuál es su diferencia con los furibundos? Me argüirán, con razón,
que son distintas las intenciones. Es verdad, pero también es verdad
que las buenas intenciones se empañan con una conducta arbitraria
que no es benévola ni sensata.
Carlitos
propaga su buena conducta sin bastonazos; él es así; los vecinos que
al principio se burlan de él empiezan a considerarlo cuando se
benefician con sus obras, y acaban por imitarlo. Carlitos los
persuade con los hechos, insiste en obrar bien; el buen ejemplo,
como el amor, también reclama una larga paciencia. Apunta hacia lo
mediato; no exige inmediatez. En este aspecto, recordemos la
paciencia de Gandhi en su lucha por la libertad de la India.
Analicemos
otras furias nuestras de cada día: la furia ante la corrupción por
enriquecimiento ilegítimo, tan difundida en los noventa. Sólo un
absoluto y sereno desprecio por el dinero mal habido y superfluo
será un arma eficaz para desterrarla del ámbito público y del
privado. Estoy inventando el paraguas si digo que una pizca de
envidia en el ánimo de los que condenan a los corruptos malogra la
buena intención.
Nos
enfurecemos también con razón contra la corrupción política, que
impide el establecimiento de una legítima democracia. Al encarar
esta necesaria lucha, ¿nos olvidamos del proverbio chino que dice
que si uno quiere paz y orden en el Estado debe empezar por poner
paz y orden en su espíritu primero y luego sucesivamente en su casa,
su barrio, su ciudad, su provincia, su país? Todo empieza en uno
mismo: los gobernantes fueron antes gobernados.
Contra
el autoritarismo
Chaplin
odiaba el autoritarismo, que es la furia llevada al poder. En
Carlitos vigilante nos indica el camino para destronarlo. La actitud
del pacífico agente de policía aparece como ingenua. Lo es, pero no
está basada en la credulidad, sino en la sensatez.
La película
fue una de las bromas geniales de Charlot. El sabía muy bien que los
tiranos no suelen ser tan permeables y que no hay que contar con su
conversión, sino con su derrocamiento, pero también sabía que para
aniquilar la maldad, temporariamente, puesto que nunca muere del
todo (pero sí se atempera), sólo vale la persistencia en la
propagación de la noción del bien.
Sabía que
para combatir el abuso de poder sólo vale persistir en propagar el
respeto a sí mismo y al otro, sobre todo cuando el otro es débil.
Lástima que George W. Bush no haya visto Carlitos vigilante antes de
incursionar en Irak. A lo mejor se inspiraba y elegía un modo menos
cruento de combatir el demoníaco terrorismo.
La
autora, argentina, tiene 94 años y una vasta obra literaria; entre
su obra se destacan la premiada novela policial La muerte baja en
ascensor (1955), Memoria de las casas y La noche anticipada, de 2002
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