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12.09.2005
| Clarín.com | Conexiones
MALTRATO LABORAL
El infierno en la oficina
Más que el acoso sexual o la discriminación salarial,
la violencia psicológica en el trabajo es tan difícil de detectar como de
detener. Amenazas, ofensas e indiferencia.
Por Carla Barbuto. Especial para
Clarín.com.
“Yo llegaba y mi jefe me saludaba
mal, con mala cara, como si no quisiera hacerlo. Y todos los días lo mismo.
Otras veces me decía que se iba de la oficina cuando yo estaba tipeando
porque ‘le enfermaba’ el ruido que hacía con los dedos en el
teclado.” A Luisa Bastery, empleada en la administración pública, la
tensa relación con su jefe la hizo odiar su trabajo, enfermarse, querer
renunciar, temer que la echen. Pero, más allá del affaire (cotidiano
en el ámbito laboral), en algún momento esas diferencias se tradujeron a violencia
psicológica, una combinación entre abuso de poder, hostigamiento y presión.
Más difícil de probar que el acoso sexual y sin los elementos testigo que
deja la discriminación salarial, el maltrato laboral se esconde en la
rigurosidad de la tarea o la hostilidad del hábitat.
Julio Neffa, director del Centro de Estudios e Investigaciones Laborales,
lo explica así: “Son comportamientos y actitudes adoptados por la
jerarquía de la empresa o los demás miembros del ámbito laboral, que ocurre
dentro o fuera del establecimiento, donde se hiere física, psíquica o
mentalmente a un trabajador. Tiene el propósito de intensificar el trabajo,
disciplinar, amenazar o simplemente por el gusto de hacer daño (sadismo) a
quienes están en una situación de inferioridad e indefensión”.
“Ningunear”, ese verbo (nuevo) tan de moda que mezcla
indiferencia con subestimación, es una de las características más
típicas de la violencia psicológica en el trabajo. También lo son las
cargadas y ofensas permanentes de los compañeros y la desvalorización de
las tareas.
En Argentina, la indefensión es concreta:
sólo cuatro provincias -Tucumán, Capital Federal, Buenos Aires y Jujuy-
sancionaron leyes, entre 2002 y 2004, que contemplan el maltrato. Pero se
aplican sólo al ámbito de la administración pública. En el caso porteño, el
artículo 3 de la Ley 1225 explica
que “se entiende por maltrato psíquico y social contra el trabajador
a la hostilidad continua y repetida del superior jerárquico en forma de
insulto, hostigamiento psicológico, desprecio y crítica”. Mientras
tanto, en este año electoral de poca actividad parlamentaria, existen
otros seis proyectos que aguardan su sanción, cuatro en la Cámara de Senadores y
dos en la de Diputados.
A la hora de decir basta y quejarse, los
empleados públicos argentinos tienen una cita en la Fiscalía Nacional
de Investigaciones Administrativas, que desde julio de este año recibe
denuncias. El último informe de este organismo, dependiente del Ministerio
Público Fiscal, asegura que entre octubre de 2003 y 2004 se
iniciaron 1503 expedientes y actualmente se analizan 2548 casos.
“Nuestra legislación está poco adaptada para tratar este tipo de
comportamientos y actitudes. Es un tema que debería incluirse en la próxima
reforma de la Ley de Riesgos del Trabajo”, se
preocupa Neffa.
En Europa, la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el
Trabajo enumeró algunas enfermedades que pueden ser
causadas por el maltrato psicológico: dolor de cabeza, taquicardia,
gastritis, adicción a las drogas y alcoholismo. Y la situación puede
empeorar. Eduardo Press, director de Escuela
Argentina de Psicología Organizacional, lo confirma: “La mayor parte
de los casos de renuncias o despidos ocurren por cuestiones de relación y
no por cuestiones técnicas. Si alguien no sabe algo, lo aprende. Pero
incorporar habilidades en relaciones personales es mucho más
complicado”. Press, que dicta un seminario con la contundente
consigna “Cómo mejorar el clima laboral”, está convencido que
la clave es tender puentes de comunicación para evitar problemas.
Los especialistas encienden una luz de
alerta sobre los casos que permanecen latentes y que no son denunciados por
considerárselos irregularidades administrativas antes que delitos. Neffa
dice: “La amenaza de despido influye para que los trabajadores
reciban esos golpes sin tener mayores posibilidades de
contrarrestarlos”. Al riesgo de despido se le suman el temor de ser
catalogado como “empleado problemático” y la imposibilidad de
conseguir pruebas aceptadas en un proceso judicial. La abogada Patricia
Barbado, miembro de la ONG Instituciones sin Violencia,
hace foco en este detalle en su informe “La prueba del acoso
psicológico en el ámbito laboral”: “No nos olvidemos que el
acoso moral implica siempre conductas dirigidas a causar un daño en el
trabajador de muy difícil prueba porque al no tratarse de un daño físico
no quedan huellas visibles en él”.
Recién en 1996 la violencia laboral llamó
la atención de los especialistas en Europa y Estados Unidos, de la mano del
psicólogo sueco Heinz Leymann. En 1998, Duncan Chappell y
Vittorio Di Martino elaboraron el informe de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) “Violence at work”
terminando de instalar el tema en el mundo académico. Según la OIT,
este fenómeno ya cuenta con 40 millones de víctimas en Europa y cuesta
20 millones de euros al año. Di Martino aseguró: "En el nuevo
perfil de la violencia en el trabajo que se configura se concede igual peso
a los comportamientos físicos y psicológicos y se valora plenamente la
importancia de los pequeños actos de violencia".
Paradójicamente, los países que tienen
una legislación específica en la materia son los que cuentan mayor cantidad
de casos: Francia, Italia, Suecia y España, donde incluso fue considerado
como un accidente de trabajo en los tribunales. Si bien es un tema
cotidiano, existe cierto vacío estadístico que puede explicarse en la
difícil detección y categorización de los casos. Sin embargo, la OIT tiene algunos datos
claros: en el Reino Unido el 53% de los trabajadores ha sido víctima de
coacciones en el trabajo y el 78% ha sido testigo de este tipo de
comportamiento. En Finlandia el 40% de los empleados municipales sufrieron
coacciones y en Suecia se ha estimado que este tipo de acoso es causa del
10 al 15% de los suicidios. Lejos de esos límites, la historia de Luisa
tuvo un final contradictoriamente bueno: su jefe se calmó después de que
una compañera lo denunciara por acoso sexual.
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