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Revista Nº 1896
– 6 de noviembre de 2005
Acerca de la confianza perdida
Lo que nos hace humanos es la capacidad de
construir lazos sociales. Cuando el otro pasa a ser un enemigo potencial lo
que está en jaque es el tejido social, dice el autor de esta nota. Sin
ingenuos voluntarismos, propone aquí algunos caminos para restablecer el
entramado colectivo.
POR EDUARDO CORBO ZABATEL
Ni contigo
ni sin tí/ tienen mis males remedio…",
dice una anónima canción gitana que encarna bien una dificultad insalvable
del ser humano y que pone en el tapete un hecho que todos podemos constatar
fácilmente: la vida con el otro es difícil, pero sin el otro es imposible.
En efecto, asuma este otro al carácter que sea, no hay ninguna posibilidad
de vida sin su copresencia, que es al mismo
tiempo fuente de gratificación y fuente de padecimiento. Lo que nos hace
humanos es la capacidad de construir lazo social, lazo que enferma y cura,
que provoca bienestar y sufrimiento, pero por fuera del cual somos
impensables.
Ahora bien, los ámbitos y las formas de construir ese lazo social han
cambiado rápidamente, y también se han erosionado algunas de las
condiciones de la construcción de dicho vínculo. Si hay un componente cuya
presencia es requisito, éste es el de la confianza; confianza en el otro,
sea este otro una persona, una institución o una idea.
Los acontecimientos que hemos vivido en las últimas décadas han minado, con
razón, esa dimensión de la credibilidad en el otro que encarna la confianza
para instalar su opuesto: una desconfianza a priori, sobre la base de la
cual es difícil pensar que se pueda construir algo valioso, tanto en el
plano de lo individual como en el de lo colectivo.
La pérdida de confianza devino confianza perdida, lo que no es sólo una
cuestión de palabras. Si la pérdida de confianza se refiere usualmente a
una situación coyuntural, particularizada, la confianza perdida se vuelve
casi una cuestión ontológica que implica al ser y lo envuelve todo. Sin
temor al exceso, diría que la falta de confianza se volvió condición de
existencia.
Cuando el otro pasa a ser un enemigo potencial; cuando las instituciones,
agotándose en sí mismas, no responden por su función social; cuando
prácticas o valores constructores de sentido dejan de orientarnos por
caminos posibles, entramos en un terreno socialmente complicado, de
atomización, donde lo común se deshilacha y, consecuentemente, el otro se
vuelve un extraño conocido.
Lo vemos, compartimos con él espacios, momentos, lugares a veces de
intimidad, pero lo desconocemos. ¿Qué lo anima? ¿Qué lo mueve? ¿Con qué
sueña? ¿Qué quiere de mí?
Estas preguntas surgen porque la desconfianza, más que una valoración moral
o ética, implica un modo de conocimiento del otro: porque lo conozco, no
confío en él. De cualquier modo, deberíamos preguntarnos sobre las fuentes
y las formas en que hemos construido ese conocimiento; no por un interés
teórico, sino por una necesidad vital.
Lo propio del hombre es lo común, lo que hace que vaya más allá del
"yo más tu más él", para entrar en el "nosotros", que
es una operación compleja que requiere algo más que una enunciación
gramatical: requiere un hacer que se transmite.
En el plano de las generaciones y de su sucesión éste no es un tema menor.
Nos corresponde a los que llegamos antes ser prestadores de confianza y al
mismo tiempo ser fiadores en un préstamo incierto: Porque, ¿con qué nos
retribuirá el otro?; ¿qué uso hará de eso que le prestamos?
En realidad, eso no es demasiado relevante, porque lo importante es que sin
la provisión de esta confianza temprana el otro no tendrá más que un
destino con mucho de azar y poco de determinación propia, ya que en el acto
de confiar en el otro, ese otro construye confianza en sí mismo. Se trata
de una confianza que da seguridad, que brinda protección y que
paradójicamente prepara al sujeto para cuando las condiciones de esa
seguridad o protección se alteren de modo que, aun sin el reaseguro del
otro, y cuando llegue su oportunidad, esté en condiciones de construir
–con mayor o menor dificultad, con más o menos tropiezos–
un camino trazado con sus propios pasos, aunque sea incierto su destino
final, que por otra parte siempre lo es.
Sin confianza hay un puro presente precario; cuando ella está ausente
aparece la imposibilidad de construir sentido o la de construir sentidos
individuales, y por lo tanto de unirlos con otros. Así como en una urdimbre
los diferentes hilos integrados a la trama se confunden unos con otros, con
otras texturas, otros colores, y pueden al mismo tiempo ser identificados
por separado, así el sentido que puedo construir se encuentra con otros
sentidos en una trama simbólica, mezclado pero no perdido entre los demás
hilos, de manera que lo puedo reconocer como propio pero entramado, con más
o menos arte, en hilos de lo común.
¿Se trata de una ingenua apología de la confianza? ¿De una expresión de
deseo voluntarista? No, se trata en todo caso de
ponernos a pensar cómo, desde el lugar de cada uno de nosotros,
reconstruimos entramados colectivos que nos permitan reconocernos a
nosotros y al otro en esa trama. Es decir, construir significaciones y
sentidos compartidos que nos ayuden, en un contexto cambiante y poco
hospitalario, a poder pensarnos y vernos con el otro aquí y ahora, pero
también en otros lugares posibles y en otros tiempos, sobre todo futuros.
Por Eduardo Corbo
Zabatel
eduardocorbozabatel@speedy.com.ar
* El autor es profesor de Historia,
licenciado en Psicología y magister en Ciencias
Sociales. Investigador y consultor en problemáticas educativas, es
responsable del Programa de Intervención en Instituciones Educativas de la Secretaría de
Extensión Universitaria de la
Facultad de Filosofía y Letras (UBA)
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