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· EDICIÓN IMPRESA
Empleos
Domingo 5 de marzo
de 2006
Los detallistas suelen ser malos
pilotos
¿Quién
sería capaz de reunir completamente solo, en su despacho -aunque sea un
monstruo de trabajo-, todas las ramificaciones del más insignificante de
los hechos? De Franz Kafka,
en El castillo, Editorial Abraxas, Pág. 270
Es normal, al viajar en avión, padecer el efecto de turbulencias
invisibles. Es cuando todo el entorno se sacude con el frenesí de una murga
entusiasta mientras que afuera no hay nada amenazador. Un cielo limpio, sin
tormentas, ni siquiera nubes; en suma, el mejor de los mundos. Quienes
conocen el tema dicen que el hecho sucede incitado por dos motivos. Uno es
mecánico, producto del relieve del terreno sobre el que se sobrevuela, y el
otro térmico, donde intervienen los desniveles de temperatura del aire
sobre el que se apoya el avión. La característica común es que no pueden
verse a simple vista, pero se sufren igualmente. Una mínima parte de esta
situación es lo que nos describe Kafka, poniendo
en boca de un funcionario exasperado el reconocimiento de sus limitaciones.
Aquellos administradores que se obsesionan por los detalles, que se afanan
por saber todo, sufrirán el mismo pánico que los fóbicos a los vuelos en
avión. Se encontrarán de pronto sumidos en un entorno que no pudieron
prever porque los relieves y las temperaturas de quienes trabajan con ellos
son imperceptibles.
Hasta los más sagaces y astutos serán sorprendidos en algún momento, lo
cual hace que la práctica del management termine
siendo una tarea indescifrable. Los detalles se escurren siempre, los
remolinos se forman sin previo aviso, y hasta aparecen tormentas de odios y
amores que ningún instrumento técnico hubiera podido anticipar.
A partir de este sentimiento de terror pueden surgir las decisiones más
arbitrarias, con el propósito de domesticar una realidad -la humana- que es
arisca. ¿Cómo no comprender entonces, mediante una mirada compasiva, la
necesidad de las recetas para el ejercicio del liderazgo? Aunque no sirvan
para solucionar nada en forma definitiva, son un placebo que da lugar a
resultados subjetivos cuya gratificación es inmediata. "Las fórmulas
para averiguar todo existen y sólo es necesario encontrarlas", dirá el
funcionario obsesivo. O bien: "Averígüenme cuánto cuestan y cómprenlas
inmediatamente", ordenará quien maneja la caja.
La incertidumbre de las relaciones humanas no tiene precio fijo. Depende,
más que ningún otro objeto del mercado, del valor que se le adjudique a
cada hecho en cada minuto. El que lo soporte, sobrevive. Quien lo niegue,
terminará arruinando algún proceso y alguien será perjudicado.
Felizmente, los pilotos de los aviones entienden de turbulencias invisibles
y no manotean el timón de mando cuando aparecen.
Jorge B. Mosqueira
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